El asesino de la baraja – 2003
Un asesino anda suelto. Madrid, invierno de 2003. Durante 53 días, entre finales de enero y mediados de marzo, un asesino mató a seis personas a tiros por las calles y afueras de la capital. Sin motivo. Sin nexo entre las víctimas. Al azar puro. Y en algunas escenas, junto al cuerpo, apareció el detalle que le dio nombre y que aterrorizó a un país entero: un naipe de la baraja española.
Las víctimas no se conocían de nada. Un portero, un limpiador que volvía del aeropuerto, clientes de un bar, un joven ecuatoriano charlando con su amiga, un matrimonio rumano. Nada los unía: ni la edad, ni el barrio, ni la nacionalidad. Solo una cosa: cruzarse en el camino equivocado con un asesino que quería saber qué se siente al matar. Ese hombre era Alfredo Galán Sotillo, un exmilitar de 25 años, tímido, con cara de no haber roto un plato.
El apodo, «el asesino de la baraja», lo pusieron los periódicos. Y aquí está la primera gran ironía del caso: esos naipes que llenaron portadas durante meses no significaban nada. Pero eso lo sabremos al final.
Lo escalofriante del caso es la frialdad metódica del asesino. No hubo pasión, ni pánico, ni forcejeo. Todas las víctimas cayeron por disparos a corta distancia en la cabeza, la nuca o la espalda: por eso ninguna presentaba signos de resistencia. No lo vieron venir. Esta es la secuencia:
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24 ENERO · MADRID (CHAMBERÍ)Juan Francisco Ledesma, portero. Galán entró en su vivienda mientras daba de comer a su hijo de dos años, le obligó a arrodillarse y lo ejecutó de un disparo delante del pequeño. El asesino no buscó dinero ni objetos de valor: se pensó en un robo, pero no faltaba nada. Un casquillo en el suelo sería clave después.
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5 FEBRERO · ALAMEDA DE OSUNAJuan Carlos Martín Estacio, 28 años, empleado de limpieza que volvía de trabajar en Barajas. Muerto en una parada de autobús. Junto al cuerpo, el primer naipe: un as de copas. La prensa hizo el resto y el asesino encontró un personaje al que agarrarse.
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5 FEBRERO (TARDE) · ALCALÁ DE HENARESEse mismo día, el asesino entró en el Bar Rojas y disparó sin mediar palabra. Murieron dos personas; una joven de 17 años sobrevivió y se convirtió en la primera testigo viva.
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7 MARZO · TRES CANTOSEduardo Salas, 27 años, ecuatoriano. Disparo en la cara a bocajarro mientras hablaba con su amiga. Al intentar rematarla a ella, la pistola se encasquilló y le salvó la vida. El asesino dejó un dos de copas y se marchó.
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18 MARZO · ARGANDA DEL REYEl matrimonio rumano George y Doina Magda, ambos de 40 años. Sus últimas víctimas. Junto a los cuerpos, dos naipes: el tres y el cuatro de copas. La trayectoria descendente de las balas confirmó que el asesino era de gran estatura.
Aquí es donde el caso se vuelve una lección de criminología. La policía no tenía nexo entre víctimas, no tenía móvil, no tenía sospechoso. Lo único que tenía era el arma. Y esa fue la clave. La Tokarev TT-33 es una pistola de fabricación soviética, rarísima en España. ¿Quién tendría acceso a un arma así? Alguien que hubiera estado en el Este de Europa. Alguien como un militar de misiones en los Balcanes. Ese dato acercó a los investigadores al asesino.
Los investigadores pidieron al Ministerio de Defensa dos listados: militares que hubieran servido en esas zonas, y militares con trastornos psiquiátricos. Cruzaron ambas listas. En una sola persona coincidían los dos criterios: Alfredo Galán. El perfil funcionó. La ciencia iba por el buen camino y el asesino empezaba a tener nombre.
Pero no hizo falta detenerlo. El 3 de julio de 2003, borracho, Galán se entregó él mismo. Primero a un policía local de Puertollano que no lo tomó en serio por su estado. Horas después, en comisaría, confesó ser el asesino de la baraja. ¿Por qué se entregó el asesino? Por lo más revelador de todo: le ponía nervioso que ya no se hablara de él. Necesitaba el foco. Y para demostrar que no mentía, aportó un dato que jamás se había publicado: los naipes tenían una marca de rotulador azul en el reverso. Solo el asesino y la policía lo sabían.
Rompamos esto, porque es lo que todo el mundo recuerda mal. Durante meses, España se obsesionó con descifrar el mensaje oculto de las cartas. ¿Un código? ¿Un ritual? ¿Una cuenta atrás macabra? La respuesta, según el propio Galán, es demoledora en su banalidad: nada. La primera carta apareció por pura casualidad. Fue la prensa quien le puso el apodo, y el apodo le gustó tanto que el asesino decidió seguir dejando naipes para no perder la atención mediática.
O sea: la «firma» no vino antes del crimen como una obsesión ritual. Vino después, como estrategia de notoriedad. Los medios crearon al personaje, y el personaje se retroalimentó de los medios. Es uno de los ejemplos más claros que existen del papel de la comunicación en la construcción de un asesino en serie: le dieron un mito, y el asesino lo adoptó para sentirse importante.
Este es el caso perfecto para hablar del asesino organizado por motivación de notoriedad, con un componente que lo hace especialmente perturbador: la frialdad experimental. Galán no mataba por odio, ni por venganza, ni por dinero, ni por sexo. El asesino mataba para ver qué sentía. Vamos por partes.
Motivación experimental
Su frase lo resume todo: «Quería experimentar la sensación de acabar con una vida. Comencé con el portero y, al no sentir nada, seguí matando». Este asesino no buscaba placer emocional: buscaba una reacción interna que nunca llegó. Y esa ausencia lo empujó a repetir.
Necesidad de notoriedad
El motor real. Adoptó los naipes por la fama que le daban, y se entregó porque dejaron de hablar de él. Un asesino que necesita público. La atención mediática no era un efecto colateral: era parte del combustible.
Frialdad y ausencia de empatía
Ejecutó a un hombre delante de su hijo de dos años sin inmutarse. Disparó a bocajarro, a corta distancia, mirando a las víctimas. El psicólogo forense lo definió como un «depredador humano» que actuaba con plena consciencia.
Sin arrepentimiento
Los peritos coincidieron: no había signos de arrepentimiento. El tribunal apreció un «manifiesto desprecio por la vida humana». No hubo atenuantes por trastorno grave: sabía perfectamente lo que hacía en cada momento.
Manipulación en el juicio
Confesó con lujo de detalles al entregarse, pero en el juicio cambió de versión una y otra vez, dijo y se desdijo intentando esquivar la condena. Cuando eso falló, optó por el silencio absoluto. Cálculo, no confusión.
El contexto: Bosnia y el arma
Exmilitar con dos misiones en Bosnia, de donde trajo la Tokarev. Diagnóstico de neurosis y ansiedad tras el Prestige, en tratamiento cuando cometió los crímenes. El contexto explica el detonante, pero los peritos descartaron que anulara la responsabilidad del asesino.
Si lo contrastamos con los rasgos clásicos asociados a la psicopatía (con la cautela de que esto es divulgación y no un diagnóstico clínico), el asesino encaja en un patrón inquietante:
- Ausencia total de empatía — ejecuta ante un niño de dos años sin alterarse.
- Frialdad afectiva — mata «para ver qué siente» y no siente nada; la indiferencia como firma real del asesino.
- Necesidad de estimulación y grandiosidad — busca notoriedad, se retroalimenta del eco mediático.
- Manipulación — versiones cambiantes en el juicio, confesión calculada, silencio estratégico.
- Falta de remordimiento — sostenida en el tiempo, confirmada por los peritos.
- Impulsividad canalizada — selección de víctimas al azar, pero ejecución metódica y planificada.
- Conducta antisocial previa — problemas de disciplina, robo de coche, choques con la autoridad militar.
La lectura criminológica más sólida es esta: Galán fue un asesino en serie plenamente consciente, movido por la notoriedad y una curiosidad depredadora sobre la muerte, no un enfermo mental privado de razón. El trastorno de ansiedad diagnosticado explica un contexto de deterioro, pero no borra la deliberación. Lo más didáctico del caso no es el arma ni los naipes: es cómo un asesino anónimo se convirtió en mito mediático, y cómo ese mito acabó siendo su propia motivación. La firma no explicaba al asesino. El asesino usó la firma para existir.
Veinte años después, Galán sigue sin ofrecer una explicación completa. Callado en el juicio, callado desde entonces. Las víctimas —un portero, un limpiador, gente en un bar, un joven inmigrante, un matrimonio que buscaba una vida mejor— no tienen nada en común salvo el haber sido elegidas por nada. Y quizá esa sea la parte más difícil de asumir del caso: no hubo un porqué. Solo un asesino que quería saber qué se sentía, y un país que le dio el escenario.
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