El crimen del rol – 1994
Crimen en la madrugada del 30 de abril de 1994. Madrid duerme. En una parada de autobús de la calle Bacares, en el barrio de Manoteras, Hortaleza, un hombre de 52 años espera el nocturno fumándose un cigarro. Se llama Carlos Moreno Fernández, es operario de limpieza, y esa noche decidió ahorrarse el taxi y volver en bus. Fue la peor decisión de su vida.
Dos jóvenes lo abordan. No lo conocen de nada. No quieren su dinero —lleva 60.000 pesetas encima y ni las tocan—. Lo acorralan, lo apuñalan 19 veces, le destripan y le rompen la columna. Carlos se defiende durante unos quince minutos angustiosos. No sirve de nada. A la luz de la luna, sus dos verdugos se sonríen y se dan la mano, como quien cierra un buen negocio.
No era un robo. No era una venganza. No había móvil en el sentido clásico. Carlos Moreno murió porque encajaba en las características de una víctima definidas de antemano por un chaval de 21 años que había convertido matar en una partida. Ese detalle es lo que convierte este crimen en algo especialmente perturbador: la víctima no fue elegida por quién era, sino por lo que representaba dentro de una fantasía homicida diseñada antes de salir a la calle.
Aquel crimen no tardó en ocupar portadas en toda España. Pero lo que realmente sacudió a los investigadores no fue solo la violencia extrema, sino la absoluta ausencia de un motivo comprensible. No existía relación previa entre víctima y agresores, no hubo discusión, no hubo deuda, no hubo ajuste de cuentas y ni siquiera hubo beneficio económico. Desde un punto de vista criminológico, este crimen rompía muchos esquemas porque convertía a la víctima en un elemento funcional dentro de una planificación previa. Carlos Moreno no fue atacado por algo que hubiera hecho. Fue atacado porque encajaba en unas reglas inventadas por su asesino. Y esa es una de las claves más oscuras del caso.
En este crimen, la policía arrancó con la teoría del robo frustrado, pero no cuadraba: el dinero seguía ahí. La cosa se destrabó por dos piezas. Una, un trozo de guante de látex abandonado en la escena. Dos, el chivatazo de un conocido que declaró que Rosado se jactaba del crimen y, lo más grave, que planeaba repetir.
Los detuvieron justo cuando salían de casa de Félix armados con cuchillos, listos para una segunda noche de caza. Al registrar el dormitorio de Rosado, los agentes encontraron una biblioteca de más de 3.000 volúmenes: manuales de ocultismo, obras del Marqués de Sade, Mein Kampf, revistas paranormales, quince cuchillos… y unos cuantos manuales de rol. Adivina qué titular eligió la prensa.
Pero la pieza clave no fue ninguna de esas. Fue un diario. Rosado había documentado el asesinato con una frialdad que hiela la sangre —y con buena letra—. Ese cuaderno permitió reconstruir la escena minuto a minuto. También retrató a su autor mejor que cualquier peritaje.
«Es espantoso lo que tarda en morir un idiota. […] Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen, y me dije: «cómo me paso». […] A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano.» — DEL DIARIO DE J. ROSADO · PIEZA DE CONVICCIÓN
Ojo al detalle que lo dice todo: escribe «nuestra primera víctima». Primera. La palabra no es casual: había plan de continuidad.
La aparición del diario cambió por completo el rumbo de la investigación. Pocas veces un crimen ha quedado documentado con semejante nivel de detalle por su propio autor. Cada anotación permitía reconstruir la secuencia de los hechos, comprender la planificación previa y demostrar que el asesinato no había sido fruto de un impulso momentáneo. Para los investigadores, aquel cuaderno fue una prueba excepcional porque confirmaba que el crimen había sido preparado con antelación y que incluso existía la intención de repetirlo. Desde la perspectiva de la criminalística, pocas evidencias resultan tan contundentes como un documento redactado por el propio responsable describiendo el desarrollo del crimen con absoluta frialdad.
Este punto es brutal desde el análisis de conducta: Rosado no solo comete el crimen, sino que necesita narrarlo. Necesita dejar constancia, ordenar la experiencia, convertirla en relato y conservarla como una especie de trofeo intelectual. No estamos ante una simple huida posterior al asesinato. Estamos ante alguien que observa, escribe, recuerda y convierte el daño causado en material propio. Esa necesidad de registrar el crimen habla de control, de vanidad y de una desconexión emocional muy profunda respecto al sufrimiento de la víctima.
Vamos a romper esto ya, porque es el corazón del caso y donde más se ha mentido. No. El rol no mató a nadie. El propio Rosado llegó a decir en sede judicial: «El rol me repugna». Lo que él usó no era un juego comercial de mesa: era un artefacto inventado por él mismo, al que llamó «Razas», una cáscara pseudolúdica para envolver un impulso homicida que ya estaba ahí.
El Tribunal Supremo lo dejó por escrito: eximió por completo a los juegos de rol de cualquier responsabilidad y atribuyó la culpa exclusivamente a la planificación deliberada de Rosado. Criminólogos como Berbell y Ortega lo remataron: Rosado era un asesino sin escrúpulos, y el crimen no guardaba relación con el rol.
¿Y la biblioteca nazi, el Sade, el Mein Kampf, las revistas de ocultismo? Todo eso se ignoró alegremente. Era más vendible culpar a un hobby de frikis que analizar a un psicópata con un CI altísimo. Un artículo de la época llegó a afirmar que el rol producía «necrosis fulminantes en los tejidos de la cabeza y del corazón». En serio. Se publicó eso. La caza de brujas duró años y estigmatizó a miles de jóvenes que lo único que hacían era tirar dados un sábado.
Y aquí hay que ser muy claros: llamar a este caso el crimen del rol fue eficaz como etiqueta mediática, pero profundamente injusto como explicación. El crimen no nació de una partida. Nació de una personalidad concreta, de una planificación concreta y de una voluntad homicida concreta. El problema no estaba en los dados, ni en los personajes, ni en los manuales. El problema estaba en una mente que utilizó una estructura inventada para justificar algo que ya quería hacer. Culpar al rol fue más cómodo que mirar de frente la verdadera naturaleza del crimen.
Aquí es donde la cosa se pone interesante de verdad. Rosado no es un tipo que se descontroló una noche. Es un caso de manual de psicopatía instrumental: crimen planificado, frío, sin motivación emocional, con la víctima elegida como quien elige una diana. Vamos por partes.
Inteligencia superior
CI muy elevado. Estudiante de Química, luego de física cuántica. En prisión sacó cuatro carreras. La inteligencia aquí no es atenuante: es el arma. Le permitió planificar, documentar y, sobre todo, manipular al sistema.
Frialdad afectiva
El diario es la prueba reina. Ni rabia, ni euforia descontrolada, ni culpa. Describe destripar a un hombre como quien anota una receta. «Cómo me paso» es lo más parecido a una emoción que aparece: coquetería estética, no remordimiento.
Ausencia de remordimiento
La fiscalía, años después, seguía describiéndolo igual: sadismo, frialdad, ausencia de remordimientos y negación del crimen. No hay arrepentimiento genuino, hay cálculo sobre qué conviene decir.
Manipulación y simulación
Su jugada maestra: fingir un trastorno de personalidad múltiple para atenuar la condena. Intentó engañar a psicólogos y psiquiatras. Los peritos discreparon, pero varios lo calaron: «es un psicópata que finge estar loco».
Grandiosidad y dominio
Se inventa un juego donde él decide quién vive y quién muere. Necesita un peón, Félix, que le obedezca. El crimen es un ejercicio de poder puro: demostrarse a sí mismo que puede transgredir el límite último.
Deshumanización
La víctima no es Carlos, padre de familia. Es «un idiota», un objeto que cumple unos requisitos. La deshumanización previa es lo que le permite ejecutar sin frenos: no está matando a una persona, está resolviendo una partida.
Si lo pasamos por el filtro clásico de rasgos asociados a la psicopatía, con toda la cautela de que esto es divulgación y no un diagnóstico, la lista de coincidencias es incómoda de larga:
- Encanto superficial e inteligencia — culto, articulado, capaz de escribir «bien» incluso el horror.
- Egocentrismo patológico — el crimen orbita alrededor de sus reglas, su juego, su necesidad.
- Ausencia de empatía — cero registro del sufrimiento ajeno; la víctima es un dato.
- Manipulación instrumental — usa a Félix como herramienta y al sistema judicial como tablero.
- Falta de remordimiento o culpa — negación sostenida en el tiempo, según la propia fiscalía.
- Vida emocional empobrecida — no hay pasión ni odio hacia la víctima; hay indiferencia.
- Conducta antisocial planificada — no es impulso, es proyecto, con material y «segunda víctima» prevista.
La lectura criminológica más sólida es esta: Rosado es un asesino instrumental con rasgos psicopáticos marcados, no un enfermo mental sin control de sus actos. Sabía perfectamente lo que hacía, por qué lo hacía y cómo ocultarlo. Y el intento de fingir locura no fue un síntoma: fue la prueba definitiva de que su capacidad de cálculo estaba intacta. ¿El papel de Félix? El peón: un menor manipulable, necesario para la puesta en escena, pero sin la autoría intelectual del horror.
Precisamente ahí reside una de las mayores lecciones que deja este crimen. En muchas ocasiones se intenta explicar un asesinato especialmente violento recurriendo a la locura, a las drogas o a una pérdida puntual de control. Sin embargo, este caso muestra un escenario completamente distinto. Todo apunta a que el crimen fue ejecutado desde la planificación, el cálculo y el control emocional. La violencia extrema no fue consecuencia del descontrol, sino una herramienta utilizada para alcanzar un objetivo previamente establecido. Esa diferencia resulta fundamental desde la criminología porque permite distinguir entre un homicidio impulsivo y un crimen claramente instrumental.
Lo más incómodo de este crimen es que obliga a mirar más allá del golpe de efecto. No basta con decir “era malo”, “estaba loco” o “se dejó llevar”. El análisis de conducta exige bajar al barro: observar cómo selecciona a la víctima, cómo prepara el material, cómo involucra a otra persona, cómo escribe después sobre lo ocurrido y cómo intenta construir una coartada psicológica ante los tribunales. En ese recorrido aparece un patrón mucho más inquietante: el de alguien que no pierde el control, sino que lo ejerce.
Más de treinta años después, el crimen del rol continúa estudiándose en universidades, manuales de criminología y cursos de investigación criminal. No porque los juegos de rol tuvieran relación con el asesinato, sino porque representa un ejemplo casi único de planificación, ausencia de motivación tradicional y comportamiento psicopático documentado por el propio autor. Analizar este crimen permite comprender cómo actúan determinados agresores, cómo interpretan a sus víctimas y por qué la evidencia psicológica puede resultar tan importante como la evidencia física en una investigación.
La mayor enseñanza que deja este crimen es que las apariencias pueden engañar. Javier Rosado no encajaba en la imagen estereotipada de un asesino desorganizado o marginal. Era inteligente, culto y llevaba una vida aparentemente normal. Precisamente por eso este crimen sigue siendo uno de los casos más relevantes de la criminología española y un recordatorio de que comprender la conducta criminal exige analizar mucho más que la escena del asesinato.
También es importante porque muestra cómo un crimen puede ser deformado por el relato mediático. Durante años, parte de la atención pública se desplazó hacia el rol, los manuales, los ambientes juveniles y el supuesto peligro de determinados hobbies. Mientras tanto, el verdadero núcleo del caso quedaba parcialmente tapado: la planificación, la manipulación, la deshumanización de la víctima y la voluntad de repetir. El crimen del rol no debería recordarse como una advertencia contra los juegos de rol, sino como una advertencia contra las explicaciones fáciles.
Rosado accedió al tercer grado en marzo de 2008 por imperativo del Código Penal y hoy está en libertad, trabajando y pagando de forma fraccionada la responsabilidad civil. La familia de Carlos Moreno —una viuda y sus hijos— nunca estuvo de acuerdo con las salidas anticipadas. Y es difícil no darles la razón: el hombre que esperaba un autobús no eligió nada de lo que le pasó.
Al final, este crimen no deja una moraleja cómoda. Deja una víctima real, una familia rota, una investigación marcada por un diario escalofriante y un debate social que durante años miró hacia el lugar equivocado. El crimen del rol no habla de dados ni de partidas. Habla de planificación, de poder, de deshumanización y de cómo una mente fría puede convertir a una persona inocente en una pieza dentro de su propio tablero.
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